asuntillos personales de una bruja

¿Eres públicamente bruja?

Cómo se lo toma tu círculo cercano cuando dices que eres una bruja

Hay una pregunta que me ronda últimamente la cabeza y quería lanzarla a la gente de la nube: ¿eres públicamente bruja?

Que, por cierto, “la gente de la nube” me parece un nombre precioso. Os imagino flotando por ahí arriba, suspendidos entre cafés fríos, trabajos eternos, habitaciones con incienso y pestañas abiertas sobre astrología en horas de trabajo.

Pero bueno. A lo que iba. Que ya me disperso antes de empezar. Mi pregunta es: ¿Cómo lleváis lo que otros opinan de vuestro lado más mágico?

Y no me refiero a decir públicamente: “Hola, soy bruja, y tu…¿a que te dedicas?”
Porque sinceramente… muchas no lo hacemos.

Yo misma, cuando entro en un círculo nuevo —por ejemplo nuevo puesto en el trabajo— sigo una estrategia de 4 etapas, digna de espionaje místico.

  1. Primero dejo que conozcan mi versión estándar (al Neo aburrido en Matrix, antes de la pastillita roja)….
  2. Luego esas rarezas políticamente aceptadas: el incienso, los aceites esenciales, los remedios caseros a base de hiervas, un poco de chakras por aquí, un poco de gemaoterapia por allá….
  3. Más tarde descubren que hablo sola, que limpio cuarzos, que me quito de energías negativas con ataditos….
  4. Y después, cuando ya les he roto los esquemas del todo… entonces aparece el tarot, la luna, los cuervos, los rituales y las conversaciones sobre energía.

Y curiosamente suele funcionar. Porque cuando alguien ya te conoce de verdad, normalmente entiende que simplemente eres… tú. Con tus cosas. Igual que el otro tiene las suyas.

Y quien no lo entienda… pues oye: que me critique a las espaldas, que se santigüe cuando me vaya, que esconda el agua bendita o yo qué sé. A estas alturas de la vida una ya tiene prioridades más importantes que caerle bien al vecino del quinto.


La diferencia entre “la gente” y TU gente

No estoy hablando de conocidos que la vida ha puesto en tu camino. No me refiero a la cajera del supermercado, ni al compañero que te cruzas dos veces por semana y te dice “qué calor hace”.

Hablo de TU círculo. De las personas con las que eres de verdad:

  • la familia cercana,
  • los amigos que llevan contigo desde se estrenó Pull ficction,
  • ese vecino que acabó siendo más hermano que vecino,
  • o la tía que te crió medio verano sí y medio verano también.

Esa gente que conoce tus luces… y especialmente tus sombras:

  • los que saben cómo te pones cuando tienes hambre.
  • los que ya sobrevivieron a tus cambios de humor.
  • los que han visto tus crisis existenciales, tus ideas absurdas y tus fases intensitas.

Y aun así siguen ahí.

Porque al final todos tenemos algún:

  • cuñado conspiranoico,
  • prima que vende suplementos milagrosos,
  • tío que sigue pirateando películas en 2026,
  • o tú, cargando cuarzos en luna llena.

Divo yo…. toda familia necesita diversidad ¿no?


Cómo reaccionó mi entorno cuando supo que era bruja

Mi grupo de amigos: “bueno… se veía venir”

La verdad es que muchos de mis amigos se tomaron lo mío con bastante naturalidad.

Supongo que porque ya me consideraban algo rara desde mucho antes de que yo lo admitiera.

Y cuando en un grupo una persona es “el intenso”, otro “el filósofo”, «la heavi», “el que desaparece y vuelve tres meses después” o “el que siempre acaba cantando a Rafael Carrá”… pues una bruja tampoco destaca tanto.

La transición fue bastante suave.

Creo que varios simplemente pensaron: “Bueno… se veía venir.”


Mi padre y su pareja: preocupación nivel “¿esto tendrá cura?”

Aquí entramos ya en terreno delicado.

Porque hay personas abiertas… y luego están LOS CONVENCIDOS.Y no hay nada que les altere más que descubrir que tus creencias son tan válidas para ti como las suyas para ellos.

Es fascinante:

Tú les dices: «Creo en la energía, en los ciclos naturales y en ciertas prácticas espirituales».

Y ellos escuchan: «Mañana sacrifica una cabra en el salón.»

En mi caso hubo preocupación, distancia y silencios raros.

Creo que todavía esperan que un día diga: “Bueno, ya está. Se me pasó.”

Pero sinceramente… tengo más de cuarenta años, pago mis facturas, tengo hijos, dolores lumbares y hasta me he dejado las canas, a ver así me respetan un “poquito”

Creo que ya deberían empezar a asumir que la niña se hizo mayor y salió un poco druida.


Mis hermanos: nada como la sangre

Mis hermanos merecen capítulo aparte.

Primero he de decir que soy la mayor de tres y nos llevamos bastantes años entre unos y otros, así que desde muy jovencita me tocó asumir el legendario papel de: “segunda madre no oficial”.

Les llevaba al colegio, les ayudaba con los deberes, les preparaba meriendas…. Y probablemente también repartía “sabiduría ancestral” no solicitada desde los quince años.

Siempre he tenido muy claro que, mientras crecían, fui una especie de referente para ellos.

Aunque ahora que somos adultos… sinceramente ya no sé quién admira más a quién.

Porque se han convertido en personas maravillosas. Con sus vidas, sus rarezas, sus luchas.

Y esa forma tan suya de estar en el mundo que hace que una hermana mayor sienta orgullo (aunque no lo diga mucho, no vaya a ser que se lo crean demasiado).

Mi hermano: entre gatos, anime y bailes tradicionales aragoneses

Mi hermano pequeño —aunque ya mida más que yo y tenga barba de señor responsable— siempre ha sido de los que luchan por lo que quiere, aunque el camino no venga precisamente asfaltado.

Y yo siempre creí en él, incluso cuando quizá otros no terminaban de verlo claro.

Ahora él y su pareja han construido un hogar maravillosamente peculiar.

Y cuando digo peculiar me refiero a:

  • varios gatos,
  • videojuegos,
  • anime,
  • danzas japonesas,
  • clases de gaita aragonesa,
  • y probablemente algún objeto extraño acumulando polvo con una historia detrás.

Así que, sinceramente, el hecho de que su hermana coleccione huesos, piedras, hierbas secándose y tarros sospechosos macerando cosas… no parece inquietarle demasiado.

Creo que, comparado con el resto del ecosistema familiar, simplemente encajo.

Mi hermana: la persona que desafía las leyes del tiempo

Y luego está mi hermana: Madre. Esposa. Trabajadora.

Pero no trabajadora normal. Curranta nivel: “¿de dónde demonios saca esta mujer las horas?”

Siempre está haciendo algo. Siempre ayudando a alguien. Siempre resolviendo problemas. Y aun así consigue mantener una sonrisa en la cara o saca tiempo para escucharte (hecho que da algo de rabia, en plan envidia sana, porque una la ve y piensa: “Yo me habría fugado a un bosque lejano hace meses.” Pero ella ahí sigue, dándolo todo sin apenas perder los nervios.

Eso sí: es abiertamente católica. Nadie es perfecto. (Je, je.). Ahora en serio, siempre ha vivido su fe desde el respeto absoluto hacia los demás.

Y quizá precisamente por eso sea una de las personas que más entiende mi forma de vivir la espiritualidad. Quizás porque cuando era más joven, sus propias creencias tampoco siempre “molaban” entre la gente de su edad.

Y aprendió pronto que no hace falta pensar igual para quererse igual.

Así que lo mío le parece… pues eso: una cosa más de su hermana mayor, con total naturalidad.

¡Hasta se deja echar las cartas de vez en cuando!

Eso sí. Siempre precedido de esa mirada que significa claramente: “Como me digas algo malo, te llevas tú el disgusto.”        


Mi madre: intentando no poner cara de “¿pero qué me está contando?”

Mi madre hace una cosa que en el fondo me resulta muy tierna.

Cuando hablo de energía, de la Diosa o de señales del universo, pone una expresión que mezcla de:

  • algo de desconcierto,
  • un leve miedo,
  • mucho amor,
  • y muchas ganas de cambiar de tema.

Es una cara difícil de describir. Pero noto cómo se esfuerza en no transmitirme sus dudas ni prejuicios heredados.

Algo entre: “Hija mía, qué cosas más raras dices” y “Bueno… mientras seas feliz.”

Y sinceramente, eso también es amor.


El padre de mis hijos: un escéptico atrapado entre velas y palo santo

Para empezar he de decir que mi marido no cree en nada. Pero cuando digo nada… es NADA.

Para que os hagáis una idea: cuando éramos novios tuve que explicarle que aquello de: “Jesucristo fue crucificado y resucitó al tercer día”, no significaba que se levantara de la tumba, castigara a sus enemigos y se convirtiera en una especie de rey inmortal estilo película de Hollywood.

Recuerdo perfectamente la decepción en su cara.

Se quedó pensativo unos segundos y soltó algo parecido a: “Pues para que tanta gente siga esta religión… el final tampoco es tan espectacular.”

Ahí entendí dos cosas: que el muchacho no había pisado una iglesia voluntariamente en su vida y que el sentido de la épica lo tenía muy desarrollado.

Creo sinceramente que si un fantasma se manifestara delante suyo diría: “Eso tiene que ser humedad.” Y probablemente intentaría buscar el origen de la corriente de aire mientras la entidad arrastra cadenas por el pasillo.

Cuando empezamos, sospecho que pensaba que mi interés por estos temas era una fase. Como quien se obsesiona con el yoga o con hacer pan.

Pero claro. Han pasado años y aquí seguimos, así que ya lo ha aceptado.

Ahora vive resignado entre:

  • el olor a incienso,
  • los libros de esoterismo ocupando la estanteria
  • velas de colores y cuarzos por toda la casa
  • y una super-vitrina con mi selección de “cosicas mágicas” en el salón que, a la fuerza, tuvo que “parecerle bien”.

Eso sí, de vez en cuando lee algo que le paso, hace preguntas y hasta me escucha hablar de astrología sin poner los ojos en blanco.

El amor adopta formas misteriosas.


Mis hijos: cuando la magia todavía es natural

Mis hijos todavía no llegan a la decena. Están en esa edad maravillosa en la que creen en hadas, seres del bosque y magia. La diferencia es que en mi casa: las hadas se llaman entidades del bosque y la bruja… soy yo.

Intento explicarles que la magia real no es como en los cuentos. Que no lanzamos bolas de fuego. Que lo único verdaderamente demostrado pertenece al terreno de la ciencia.

Pero también les enseño que la espiritualidad puede convivir con el respeto, la naturaleza y la imaginación.

Y me parece precioso que vean con normalidad que algunos familiares son católicos, otros ateos y su madre cree en la Diosa y el Dios como símbolos de algo más grande y profundo.

Así que aquí estamos: en cuarto menguante ahumamos habitaciones con salvia, en luna llena cargamos piedras, al cambiar las estaciones hacemos limpiezas físicas y energéticas y cuando llega el invierno asumimos oficialmente el modo hibernación.

Todo muy normal, supongo.

Y oye…, de momento parece estar saliendo muy bien. Tienen amigos y los profes les adoran….¿que mas puedo pedir a estas edades?


Y al final…, como decía esa canción: y lo que opinen los demás está de más. O al menos intento autoconvencerme.

Porque creo que llega un momento en la vida en el que entiendes algo importante:

La gente que realmente te quiere no necesita entenderte al cien por cien para quedarse.

Y quien te juzga constantemente probablemente ya habría encontrado otra excusa para hacerlo aunque fueras completamente “normal”.

Así que sí, quizá somos las raras, las de las velas, las que hablan con la luna o las que tienen hierbas secándose por casa y un cuervo tatuado en algún sitio.

Pero también somos las que seguimos intentando vivir de forma auténtica en un mundo donde demasiada gente tiene miedo incluso de ser ella misma.

Y tú… ¿cómo lleva tu círculo cercano eso de que seas una brujita moderna? Te leo en opiniones.

Desde la luz y la duda.

Porgue la duda, también es parte del camino

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